Amar. Amar y ser amado.
Las únicas cosas por las que merece la pena vivir.
Descubro que el aprendizaje más duro y a la vez el más interesante en esta aventura que es la vida es ése: aprender a amar.
Siempre he creído que el amor era como una semillita que podías plantar, regar, abonar.... y al final veías crecer. Pero no siempre es así. A veces la tierra no es suficientemente fértil, o quizás es el jardinero el que no sabe aplicar cada paso en el momento adecuado... tal vez el peor desengaño sucede porque, cuando uno planta una semilla, aunque sólo sea porque disfruta haciéndolo, en el fondo lo que espera es que se convierta en una preciosa planta con flores y frutas. Necesita también esas frutas para poder seguir viviendo, para poder seguir teniendo energía y seguir plantando semillas...
Sin embargo, un día te despiertas y sientes hambre; llevas mucho tiempo plantando semillas, regando, abonando, hablándoles con cariño, cuidando de que el sol no las queme ni el frío las congele, pero hace tiempo que deberían estar dando fruto y no es así... o están dando un fruto tan pequeño que no constituye suficiente alimento para ti. Tal vez te has equivocado, tal vez no hay tierra suficientemente fértil a tu alrededor, tal vez esa tierra está demasiado seca y tiene demasiada sed, se lo come todo, lo agota todo...
Aprender a amar me apasiona, incluso en ocasiones en las que me he dado cuenta de que amaba más de lo que me había propuesto conscientemente; pero necesito sentirme amada con esa misma intensidad. Debería formar parte del aprendizaje de la vida, ¿no?
Aprender a amar y a gozar de ser amado...