
Ésa es mi cámara...
Me permite algo mágico: ver el mundo más bonito de lo que es. Al encuadrar una imagen, puedo eliminar aquello que no me interesa, y puedo resaltar lo que me fascina... aunque muchas veces la realidad, si es que eso existe, es traviesa y se asoma con rebeldía a la foto.
Precisamente eso es lo que también convierte la fotografía en algo especial... que tiene vida propia, que en el momento en que disparas nunca sabes a ciencia cierta cuál va a ser el resultado, que incluso a veces un aparente error desvela algo maravilloso...
Lo que nunca deja de sorprenderme es que, igual que en la vida vista a través de mis otros ojos, aquello que en mí despierta un inusitado interés o una fascinación sublime, a otros les pasa desapercibido o incluso les aburre. En este sentido, tal vez el secreto está en mantener la ilusión que tienen los niños por aprender, en seguir teniendo la capacidad de asombrarnos ante el mundo, en dejar escapar una lágrima de emoción ante una mirada o ante un paisaje sobrecogedor...
Conozco a muy pocas personas que mantengan así el espíritu despierto, y una de ellas fue precisamente mi profesor de fotografía favorito de la Facultad, M.Zuzunaga. Desde este humilde rincón quisiera rendirle un homenaje en nombre de todos los que hemos tenido la suerte de cruzarnos con él en la vida. Es una de esas personas que saben ver lo valioso entre la basura, lo bonito entre la fealdad, la magia dentro de la rutina ensordecedora del día a día... más que mi profesor, fue mi maestro y mi amigo, ¡e incluso me hizo creer que yo podía hacer fotos interesantes! A él le debo mi amor y mi pasión por la fotografía, por el conocimiento y por la vida, que sigue sin dejar de sorprenderme. Todos deberíamos tener la suerte de encontrarnos con alguien así por lo menos una vez en la vida...
¡Gracias, Zuzu!